Saturnalia 2017

Semana escolar que cierra un año muy duro.

Ver a compañeros a los que quiero mucho y poder estar un rato con ellos, exalumnos que viven en el corazón y el recuerdo y que sacan un ratito para contarte cómo les va, amigos que apenas puedes ver, personas a las que te gustaría ver y abrazar —sobre todo abrazar— con más frecuencia, por más tiempo, por más segundos de lo que un saludo cordial  te permite socialmente.

Días en los que he tenido ratos para compartir un tiempo diferente con los alumnos de ahora, haciendo cosas poco habituales y alejadas de la traducción y el análisis como ofrendas a Saturno o figuras de terracota que regalar a quienes quieran.

Momentos únicos como esos pocos segundos en que un alumno del centro al que no le doy clase te dice “Gracias, profe”, porque le preguntaste en la sala de expulsados por qué no aprovechaba el tiempo en un centro educativo donde todos queremos ayudarle y le sugeriste que hablase con el orientador para empezar a prepararse ya un Grado Medio. Una palabra de un alumno —gracias— que puede hacer que tengas que ahogar las lágrimas mientras corres hacia el despacho con la cabeza baja, porque hace que merezca la pena todo lo que luchas por que estos chicos y chicas aprendan a esforzarse y luchar por salir adelante, ser autónomos y dejen la pereza y la desmotivación de lado.

Segundos de emociones contenidas que encierran la dureza de un año lleno de escollos y maremotos que, como siempre sucede, sólo las sonrisas, los abrazos y las palabras afectuosas de algunas personas han hecho mantener viva la ilusión por navegar a toda vela.